Un poco de mí

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"Un quilombito lindo". Diecinueve años. Mambos y un par de cicatrices. Fobia al fracaso. Odio al chocolate. Amor por los libros (y la birra). Pero sobre todo, con un miedo particular al olvido; por eso escribo, "porque la memoria puede fallar pero lo escrito en este blog no falla, no se borra y no se pierde".

domingo, 26 de marzo de 2017

A donde no querían ir

Creo fervientemente que debería haber un libro sobre cómo crecer y no morir del miedo en el camino. De verdad, yo lo compraría.

Hace unos días me enojé (sin que se enteraran, obvio) con cada persona con la que me topé en mis diecinueve años.
Era uno de esos días en los que las responsabilidades te pasan por encima y el futuro que esperás queda completamente entre neblinas: imposible de divisar.
Estaba enojada porque nadie, nadie, ninguno de ellos me avisó de lo turbulento que es este viaje hacia la "adultez". Nadie.
Es decir, sí, cuando somos pequeños y hablamos sobre lo afortunados que son nuestros padres o tíos de ser independientes, siempre alguno te mira como quien ve a un Caniche ladrando a un Rottweiler y entre sonrisas deja escapar el famoso y para nada agradable "Cuando seas grande vas a querer volver a ser chico".

¡Qué ortiba! ¡Mirá si voy a querer ser chico! Mira si voy a querer para toda mi vida pedir permiso para todo, tener prohibido agarrar el encendedor, no poder ir a lo de mi amiga porque tengo que dormir la siesta, o no poder meterme todos los caramelos que agarré en la piñata en la boca.
Los grandes no tienen que pedir permiso y se compran lo que quieren. Van a ese lugar donde apretan un par de números y les dan piloncitos de billetes violetas. Como si fuera una especie de videojuego: número, número, número, musiquita anunciando lo que viene: billetes violetas. No nos mientan más. Es ridículo.

A veces creo que deberían explicarnos mejor.
Nadie se gasta en ennumerarte las infinitas razones por las cuales, cada ser humano que haya terminado los estudios secundarios (o que tenga más de dieciocho años) te contesta irremediablemente que disfrutes cada segundo de tu infancia. Te dicen que "no vuelve más", como si hablaran del último tren con destino al paraíso de toda tu vida, pero lo dicen con un tono lejano, distante, resignado... Como si esa tan esperada etapa de independización les hubiera arrancado un pedazo del alma.
Como quien ya sabe como van a ser las cosas: vas a crecer y te vas a arrepentir.
Como él, como todos.
Quizás si nos hubieran contado mejor...

Siempre pienso que si me hubieran avisado de lo afortunada que era, lo habría aprovechado mejor: hubiera saltado más charcos, pisado más baldosas flojas, hecho más bromas. También, estoy segura, me hubiera enojado menos. Mucho menos.

Ahora estoy inmersa en un mar de gente que dice ser adulta, que dice que hace lo correcto, que gana mucho o poco dinero. Hablan de sus vidas como si fuera nada. Como si supieran que no es algo digno de ser contado.
Hablan tanto y, sin embargo, no dicen nada: nunca los he escuchado hablar de felicidad.
Siempre corriendo, tomando subtes, trenes, colectivos, taxis. Tomándose cafés para aguantar un poco más lo inaguantable. Haciendo una religión de eso.
Pero nunca los he escuchado hablar de sus sueños.

Me pregunto si habrán cumplido sus expectativas, si sus versiones adolescentes estarían orgullosos si los vieran hoy.
Los miro y trato de descifrarlo. Los miro y los veo tan duros. Y me da miedo.
Eso me da miedo. Ser como ellos.
Me da miedo crecer y dármela de dura.
Me aterra la posibilidad de ser como todos los demás. Convertirme en un ente que, con aire desencantado y lamentándose, se consume y angustia al hablar de todo eso que quiso ser y no pudo porque otro afligido, que no entiende qué le ha ocurrido, le dijo que eso no lo iba a conducir hacia donde un "verdadero adulto" debe ir.

Eso odio. Esa falsa convicción. Esa defensa descarada y deshonesta de la edad madura cuando en realidad solo quisieran llorar como nenitos y cuestionar el porqué de haber llegado a donde no querían ir.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Timeline

Me encuentro en el living de tu casa, sentada frente a tu computadora con ropa interior blanca y una camisa tuya de jean para extrañarte un poco menos. Está sonando Guasones de fondo. Tengo todas las luces prendidas de la casa pero es solo mientras esté acá. Son las cinco menos diez de la mañana. También tengo la tele prendida en no sé qué canal, como para escuchar una voz. Le tengo miedo a la oscuridad, ya lo sabés...
Entré a los documentos. Te pido perdón de antemano. Ya sé que odiás que mire tus cosas, ya sé que son tuyas y me odio por no tener remedio. No lo tomes personal, soy así con todo. Necesito ver, husmear. Ver qué, preguntar por qué y contestarme para luego volver a cuestionar.
Sí, leí un par de... renglones de algunos textos. Nada. Me reí y seguí leyendo. Después tuve que levantarme e ir a la cocina a buscar un rollo de papel. Quedate tranquilo que para cuando vuelvas a casa no va a haber rastros de mocos ni gotas saladas, te lo juro.
Sí... Ya sé que también juré no volver a mirar tus cosas pero no es de desconfianza, ya te lo dije, me gusta y necesito saber todo de todo. No, no está bien, claro... Pero siempre fue así para mi, toda mi vida, es decir, en estos diecinueve años. Y la verdad creo que me enteré de algunas demasiado pronto...

Te leí y me emocioné. Entonces miré a mi alrededor: ¿quién diría que yo estaría acá, en tu casa, semi en pelotas escribiendo?
Me acordé del miedo que me dabas. Me dio mucho miedo enamorarme de vos. Me dio tanto miedo que miré al cielo y le pregunté por qué carajo me tocaba esto: enamorarme de un tipo como vos era lo peor que podía pasarle a una mina como yo.

Cuando decidimos vernos no esperaba mucho. No esperaba nada.
(Qué cosa, el aleatorio de youtube me ambienta con "Todas quieren rock"). Quería divertirme y conocer al tipo que me sacaba un par de sonrisas con sus tuits. Al mismo tiempo, mi otro costado un poco más racional y serio me decía que estaba completamente loca. Y mi otro costado contestaba: "tengo diecisiete años y si no me como el mundo ahora, ¿cuándo?". Sabía que seguramente era la primera y última vez que nos veríamos. Lo sabía. Estaba segura. Sería esa vez y me esfumaría para siempre. Lo único que le falta a mi vida es encariñarme con un tipo que me lleva década y media, que labura con una banda de rock y que se va de gira con todo lo que eso abarca. A mí, no me puede pasar eso. Yo soy inteligente, no puedo. No nací para ser una más del montón.

Pasaron los meses.

Me di cuenta. Tarde.
Crisis, llanto.
Un mes, dos, tres.
La puta que me parió, quién me mandó.
Yo soy inteligente, no puedo enredarme con este tipo.
Voy a enloquecer.
Lo quiero.

Estaba viéndolo, cual religión, una vez por semana.
Ya no era (solo) la cama.
Quería escuchar sus quinientas historias llenas de personajes con apodos graciosos. Quería que me cuente de él. Quería saber cuál era su color favorito y por qué siempre había paltas en su heladera. Un día me dijo que hasta se tatuaría una; me reí, mal: me lo estaba diciendo en serio.
(Son las cinco y treinta cinco de la mañana. Voy a apagar las luces, ya no hacen falta)
Lo quería. De verdad, lo quería. Lo quería a él. No al del Twitter, ni al tipo que labura con una banda de rock ("no hay nada tan piola como salir con alguien del rock"). Lo quería a él. Lo quería recién despierto y con lagañas. Mi cabeza empezó a formular la pregunta de si era la única. Ya sabía la respuesta. Me pregunté si me molestaba que así fuera.
Escribí Punto para vos.

Crisis. Llanto.
"Boluda, no me puede estar pasando esto"
No voy a permitir esto.
¿Le digo que lo quiero? NO.
¿Cómo le voy a decir a este tipo que lo quiero!?
¿Estoy loca? Estoy loca.

Luego de mucho tiempo, alguien había logrado que renacieran mis ganas de escribir. Volví acá. Acá donde soy yo. Soy mi esencia. No soy la hija de, ni la profesora de, nada de eso. Soy yo. Sin etiquetas. Soy mis letras.
(Y eso, se lo voy a agradecer siempre. Gracias. Me extrañaba mucho.)

La pasábamos muy bien. Demasiado bien.
¿Cómo pretende este ser humano que no me pase absolutamente nada con él? Estoy enamorándome del Grinch del amor. Sin dudas.
Tengo que salir corriendo de acá como sea antes de que sea tarde. O más tarde de lo que ya lo era.
Escribí Aunque no estaba en mis planes

La realidad es que estaba muy asustada. Me pasaba llorando todas las noches por callarme. Por hacer como si nada. Por ir a todos lados junto a él y no ser algo. ¿Qué era? ¿Qué somos? Me odiaba por no poder enfrentarlo. Me odiaba por no animarme. Me odiaba, en realidad, porque ya sabía la respuesta. Enamorarme fue sinónimo de tragedia.

Decidí dejar de patalear y abrir la boca.
"Bueno... Em... Nada..." (Me reí) (Siempre me río cuando estoy nerviosa). "Quería saber qué onda esto".
Me choqué de lleno con un "¿Esto qué?".

Lloré. Poquito. No podía darse cuenta de lo mucho que me importa. Escuché lo que tenía para decirme. Sin darse cuenta me había matado. Esa noche se convirtió en mi homicida
Me quedé a dormir sabiendo que debía haberme ido. Me desperté. Me fui a mi casa. Llegué llorando. Mandé muchas notas de voz y recibí el doble: todos invocaban al fantasma del "yo te lo dije".Mis viejos no sabían qué me pasaba.  Mis amigas lo odiaban.
Es que, cómo no lo iban a hacer! Yo también lo hubiera hecho, pero no me salía. El tipo me llevaba a todos lados, me había traído mi peluche favorito de su viaje a Nueva York y esperaba que no me afectara!!! Ni Summer hubiera podido seguir con su posición de "no quiero nada con nadie". Ni ella.
Esa noche escribí Unas velitas más
Lluvia de comentarios. Tuve miedo. Me gusta que me lean pero no me puede leer él.
Me leyó. Me escribió. Me dijo que no fue tan así. Quería que me tragara la tierra. Me dijo que escribía lindo pero que le dolió.
Me pregunté qué iba a ser de mi blog. No quería lastimarlo pero yo necesitaba sanarme.

Escribí Quince.


Vueltas. Indecisión (suya) . Llantos (míos). Excusas. Miedo (de ambos).
Que soy muy chica, que esto funciona solo así, que estoy por irme de viaje de egresados, que él está en otra etapa, que soy lo más pero... Que la pasamos genial pero...

Me cansé.
No doy más.

Caí en la cuenta que le estaba siendo fiel a un tipo que no pretendía mucho conmigo. Sin darme cuenta, le estaba siendo fiel hacía meses. Lloré. A decir verdad, lloraba todo el tiempo.
Estar enamorado es semejante a debilidad. No me gusta estar enamorada porque me siento débil frente a quien amo. Todo en esa persona tiene influencia en mi. Al igual que cuando tiramos una piedrita al río y las pequeñas olas que ésta provoca se van expandiendo. Esa repercusión ocurre dentro de mí: se adueña de mi humor, mis dolores, mis alegrías.

Amar te hace débil

                                                              Escribí Pacman

pero no amar te hace cobarde.


 Lo leyó nuestro entorno. Lo leyeron personas que nos vieron juntos.
Me vi acorralada. Estaba exponiendo la "intimidad" de alguien conocido sin su permiso sabiendo toda la gente que tenemos en común.
Le llegó. Lo leyó.
Me dedicó unos cinco tuits. "Lo estoy leyendo". Ese día volví a comerme las uñas luego de seis años sin hacerlo.
Entendí que ya no podía seguir haciéndolo.
Pero escribir me sana. Pero escribo y lastimo.
La contienda de siempre.


No (nos) escribí más.
Hasta hoy.

Hoy, que estoy en tu casa mientras vos estás a unas tres o cuatro horas de acá.
Son las siete menos cinco de la mañana y sigue sonando Guasones de fondo pero ya no tengo puesta tu camisa, hace calor. Sigue prendida la tele, me hace compañía. Hay un par de servilletas abolladas en la mesa de la computadora. Te extraño un poco más que cuando decidí sentarme acá. Te amo como jamás hubiera imaginado.
Pero lo más importante: ya no tengo miedo.
Enamorarme de vos fue la locura más grande de mi vida.
Enamorarte fue mi mejor hazaña.


Son las siete y cinco de la mañana y yo me voy a dormir.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Carta a los traidores

Queridos, ¿se acuerdan de mí?
Alguna vez compartimos la misma mesa y hasta el mismo vaso. Hemos comido el mismo asado y perfumados con la misma fragancia del humo de parrilla de un domingo al mediodía. Hemos gritado los mismos goles frente al mismo televisor en el mismo sillón.
Espero que aún guarden algún recuerdo de mí. Si es que la envidia, el rencor y el odio no sepultaron nuestras fotos en el fondo de sus memorias. 
El ser humano es un ser tan raro. Cada vez veo más humanos... Y menos humanidad. 
Siempre admiré la capacidad que tenemos de ser solidarios, de brindar ayuda, de ELEGIR no ser uno más de los que mira y no ve. O mejor: ve y da vuelta la cabeza, autoconvenciéndose de que en realidad no vio nada. 
Mis viejos siempre me dijeron que cada vez que pueda le dé una mano a quien lo necesite. No solo me lo dijeron con palabras, sino que me lo enseñaron con demostraciones. Quizás sea porque ellos vienen de lugares humildes y saben lo que es que lo necesario falte. Siempre digo que uno no puede ni aunque quiera ponerse en el lugar del otro porque nunca va a poder imaginarse lo que es verdaderamente atravesar lo que atravesó el otro, al menos que lo viva.  Por ejemplo, yo nunca pude entender el drama de mi amiga de segundo año cuando lloraba porque sus viejos se estaban separando, porque afortunadamente mis viejos están juntos. Quise, intenté, pero nunca entendí su dolor como ella hubiera querido. En fin...
Sin embargo, uno ayuda siempre de buena fe y del otro lado, lamentablemente, no siempre hay buena gente. Debería decir que esto es una locura. "¡Hermano! ¡Te estoy ayudando! ¿En serio atentás contra mi?" 
La solidaridad en tiempos como los de hoy se extingue por gente como esa. Le das la mano y con la otra están contando los segundos que le vas a servir, y cuando la cuenta regresiva llegue a cero "Si te conozco, no me acuerdo!" 
El desagradecido está en el top 5 de las lacras de la sociedad. Porque de a poco van disminuyendo las ganas de ayudar. Porque te hacen creer fervientemente de que sos un idiota y que no hay que ayudar a nadie. Y gota tras gota la solidaridad se va agotando y uno se vuelve, de a poquito, de esos que miran y siguen de largo. "Yo y nada más". 
Hasta que pensás y decís... "¡Con razón estaban así!"
Y cuando mirás mejor, te das cuenta que toda la oscuridad en la que se encontraban se la merecían. Que la vida les dio eso porque eso era lo que tenían que tener. Ni más ni menos. 
Pero, al fin y al cabo, uno se queda con la tranquilidad de que actuó bien, de buena leche. Uno puede apoyar la cabeza en la almohada y saber que hizo lo que creyó mejor. Uno puede cerrar los ojos y que los fantasmas estén calladitos, domesticados. Y eso, queridos amigos, no vale ni toda la guita que estos, que andan en todos lados disfrazados de amigos incondicionales, no te devolvieron.
La paz de no ser un garca es impagable. 
No voy a apoyar la idea de que no hay que confiar ni ayudar a nadie. No creo en eso. Aún queda gente que puede ver los buenos gestos. Gente la cual la codicia no ha podido con ella. 
Pero sí estoy muy segura que la vida es un boomerang y, como dice una canción: "todo lo que hagas vos, va a volver a buscarte". Todo vuelve y el karma existe. 

Los traidores no merecen la gloria.
Que les sea leve. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Fra A. Caso

Otra vez él.
Lo escucho a lo lejos. Escucho su risa. Se va acercando. Tengo miedo. Un hilo frío recorre mi cuerpo. Me tapo los ojos con las palmas de mis manos.
Se acerca. Está ahí. ¿No lo oyen? ¿No lo sienten? El frío...¿no lo sienten?
Lo escucho más fuerte. Tiemblo.
Lo veo. Me mira y se ríe. Me hago chiquitita. Se agarra la panza con una mano, se encorva, sigue riendo y me señala con la otra.
"No quiero más", pienso. 
Algunos me dicen que lo ignore, que ya se va a cansar. Otros, los más crueles, me dicen que la culpa es mía, que yo me dejo.
Su nombre me lastima. 
Otra vez él.
Sus dos manos me atrapan, me sacuden y me tiran. Y me pegan. 
Dos, tres, cinco veces.
No tengo más fuerza.
Me agarra del pelo y me susurra al oído que me lo gané. Que ésto es lo que merezco.
Otro golpe en la cabeza y ya perdí la cuenta. Y la fuerza y las ganas y la voz. 
Me quedo callada, hecha un bollo en un rincón; él frente a mí, no me animo a mirarlo a los ojos.
Me observa. Siento el peso de sus ojos sobre mí.
Se ríe: soy su mejor chiste. 
Su presencia me convierte en todo lo que no soy. 
Me encuentro rezándole a un Dios, al Universo, a quién sabe qué o quién que pare. Por favor. 
Pierdo la cuenta de las veces que digo "por favor".
Me levanta. Me ahorca y me susurra al oído, otra vez. 
No respiro. No respiro. No respiro.
Me suelta y caigo al suelo. Se ríe. Me hago más pequeña.
Siempre la misma secuencia. Una y otra y otra vez...
Está ahí, siempre. No se despega de mí. Y es así que no solo conoce mi nombre, mi edad, mis disgustos, mis no-amores, también se sabe de memoria cual ABC cada cicatriz y su historia. Tiene contadas mis lágrimas, una por una, en su diario. Le gusta anotarlas: son sus trofeos. 
Su color favorito es el no-luz. Yo le digo que, entonces, es el negro. Él me dice que no y me obliga a callarme. Mi opinión no es de su importancia.
Sí, de vez en cuando conversamos...
Para ser sincera no lo veo como un mal tipo, sino como uno desdichado. No me animaría a decírselo, claro, pero realmente no es más que un pobre tipo.
Cada tanto admite no poder vivir sin mi, me acaricia la mejilla y repite el mismo ¿piropo? Según él, soy de las minas más lindas cuando lloro. Que le complace verme chiquitita porque él se siente grande, confesó. Que le gusto así: entre llantos pero calladita, cabizbaja, pequeñita cual hormiga.
A decir verdad no puedo negar que es un hombre misterioso, logra causar intriga en mí y eso me cautiva. Cada tanto me deja ponerme en mi futuro papel de periodista y preguntarle todo. No suele contestar mucho, generalmente solo me mira y me dice que doy asco, que no le ponga fichas a eso. En sus peores días: que no le ponga fichas a nada... Ni a mi.
Vuelvo a agachar la cabeza y su presencia se agranda.
Sin embargo él se ve como un Señor y por ende debo tratarlo de "usted".
"Usted, Señor Fracaso, ¿es feliz viéndome caer?" 



miércoles, 8 de junio de 2016





"El artista es responsable solo ante su obra. Si es un buen artista, será completamente despiadado. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Mientras no se libra, no tiene paz. Arroja todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir su libro."

William Faulkner

domingo, 13 de marzo de 2016

RamOrck

Rock del miedo.

Estoy convencida de que hay dos momentos claves en la vida de una persona que escribe (o al menos eso intento):
La primera es cuando aquella persona que te produce las ganas de enfrentarte frente a una hoja en blanco se entera que es protagonista de tus letras.
La segunda: cuando los demás se enteran quién es esa persona.

Para mi no-fortuna debo cargar con estos dos condicionantes. Me encuentro, esta vez, limitada: la persona que me devolvió, sin darse cuenta, esta parte de mí que se encontraba desactivada es demasiado conocida por gente que me lee. Gente que no sé quién es pero que sé que me lee o al menos, hay altas probabilidades de que pueda hacerlo.
Escribo para sentirme libre pero sabiendo que al apretar cada tecla y formar cada palabra debo y me hago responsable de lo que deje escrito (pero no de lo que ustedes puedan llegar a interpretar). No escribo para lastimar a nadie, sino, para curarme a mi. Sabiendo que también escribo para que alguien en algún rincón de este planeta me lea. Alguien en algún lado debe entenderme.
Y a vos te pido perdón desde lo más profundo de todo lo que soy y puedo llegar a ser. Nunca te consulté nada creyendo que jamás ibas a interesarte tanto lo que una piba de dieciocho años tenga para decir. Y gracias, también, porque gracias a vos pude volver a escribir luego de tantos intentos fallidos: no tenía nada que logre en mí lo necesario para sentarme acá.
Te pido perdón por las veces que pudiste encontrar algo acá que te haya hecho mal, solo trato de ser lo más fiel posible a lo que me pasa.
Así me encuentro en el medio de lo que quiero y necesito escribir y el no querer exponerte, el querer cuidarte de este pequeño mundo que cree para mí.
Te amo. Vos y yo sabemos todo lo que sucede, esto es solo una pequeña parte, pequeños momentos que preciso letrear.
Me enamoré de alguien con mucho rock encima and I like it. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Lo que nos cura se va, 
Se queda un rato, nos mima, nos miente
 y despues se va
No sé escribir textos que no sean tristes. 

lunes, 12 de octubre de 2015

PacMan

Cada vez que mis dedos tienen cita con el teclado y comienzan con lo suyo,
 me pregunto cuántos días tardarás en leerlo.
Que no sea hoy. Mejor, mañana.
Y no olvides, por nada de lo aquí escrito, que te quiero.
(Volver a leer cada vez que se esté a punto de comenzar)


Mis amigas escuchan mi monólogo cuasi novelesco y con las miradas llenas de signos de preguntas se encogen de hombros soltando una leve exhalación. Y está bien. Ya no es necesario que me aconsejen y me repitan por décima quinta vez que deje de incendiarme las neuronas con vos.
Tienen razón. Quizás debería hacerme a un lado.
A veces creo fervientemente que lo mejor sería ponerle un punto final a esto que no sé definir; y así es que de repente aparecés y lográs minizar todo lo que hace menos de cinco minutos era una total amenaza terrorista a mi forma de vida tan ordenada y emocionalmente equilibrada. Las dudas desaparecen de forma fulminante: te comés una por una cual PacMan todas las razones que, hace un rato, eran más que suficientes para decirte que tengo el alma demasiado abollada para arriesgarme una vez más a todo el riesgo que representás.
Por primera vez en mis pocos años encuentro a alguien que descoloca todo lo que soy. Que me hace dudar de todo lo que siempre creí incuestionable.
Sin embargo los sismos internos cada vez que comienzo a gotear dudas me ahogan el pecho. (Estoy llena de goteras). Y me enrosco una y mil veces con mil preguntas que no me animo a hacerte: ya me sé las respuestas. Ya sé todo lo que tenés para decirme, pero no lo quiero escuchar.

Te hubiera escrito el cielo.

jueves, 6 de agosto de 2015

Quince

De repente la vida te coloca a la misma distancia de huir o quedarte para siempre (o lo que sea que eso dure). Y así te hallás haciendo cálculos y determinando la relevancia de todo lo ocurrido en tu balanza personal, con la ansiada esperanza de que todo lo bueno (y todo lo genial que vos creés que pueda llegar a pasar) termine siendo más y mejor que todo lo que uno pueda considerar como "malo" o no tan bueno. Como si uno pudiera poner en kilogramos o números los sentimientos, yo me pongo a sumar y restar y dividir. Esto sí, esto no, esto no sirve.
Me pongo a pensarnos: me cuestiono y enumero uno por uno los defectos de este vínculo que tenemos. Uno, dos, cuatro, siete, nueve, once, trece, catorce, quince. Quince. Una lluvia de "peros" comienza a mojarme las ideas. Me detengo a pensar de nuevo y en realidad ¿qué importan en cuestiones del corazón? Hasta quizás sean esas quince razones las que nos hagan perdurar.
Y de repente entiendo que la razón no tiene lugar en estos juegos: yo te quiero igual. Te quiero de esa forma inocente y casi religiosa que la gente de mi edad suele hacerlo. Y es que, querer a alguien teniendo motivos es muy fácil, muy sencillo; pero querer a alguien a pesar de algo, es diferente. Conocer las contras y amigarse de ellas es inusual. Y yo te quiero, pese a esas quince que lo impiden.